Cafe con Mistica

Limbo

Era un hombre proveniente de un país Americano a inicios del siglo XX. Sabía viajar a través de portales que atravesaban tiempos, en búsqueda de otras formas de vida que pude haber tenido en diferentes cuerpos y diferentes épocas. Luego de algún tiempo de transitar en aquella especie de máquina no mecánica, me encontré al fin conmigo mismo, en Europa de 1800 («del siglo pasado»), con el presentimiento de que haría un hermoso vínculo con Lucía, mi otra yo.

Durante el viaje me acompañaba Juan, mi incondicional y confidente amigo, amante del naciente cine sonoro. Juan sabía guardar el secreto sobre mi capacidad de viajar a través del tiempo. También sabía que no podía separarse de mí durante el viaje, pues podía terminar muriendo si la «máquina» se apagara, (entiéndase como viaje, el tiempo que permanecía abierto el portal que unía las fronteras entre ambas épocas/vidas, y que dependía de mí pues era yo quien recibía la información de aperturas y cierres). Pero Juan se extravió entre un tumulto de gente, durante una especie de reunión colectiva de aquella ciudad a la que habíamos llegado (no tanto por aglomeración sino por distracción). Mientras tanto, Lucía y yo empezábamos a vivir una especie de romance «clandestino» y yo seguía esperando reencontrarme con Juan. Escribí durante varias semanas en mi diario lo que iba viviendo. lo que iba aprendiendo sobre mi propia alma, sobre los tiempos… Y cuando ya fue la hora última antes de volver, el portal dio su aviso de que estaba por cerrarse… para siempre.

Parecía que esta vez, tendría que volver solo, sin Juan y por supuesto, sin Lucía; no sobreviviríamos en un mismo tiempo los dos; no, sabiendo que «la máquina» solo viaja una vez a cada época, y que y que solo puede haber acceso al presente, siempre, pero a otros tiempos solamente una vez; o que, para permanecer en una época diferente a la presente, no deberíamos existir dos veces como alma cuando un portal ya está cerrado (eso es muy peligroso).

Me adentré entonces al portal, mientras me despedía de Lucía, cuando a espaldas mías, en mi camino hacia el presente, aparece otro yo más viejo (pero posterior, del futuro) que estaba queriéndose reencontrar con mi yo “del presente” y, al juntarnos los 3, en aquel mecanismo abstracto, el portal colapsó. El viejo (hombre más joven que yo, o quizás otra vez yo mismo), moría sin darme con claridad su mensaje; moría, en mi época.

Sus ojos taciturnos marcaban una cifra horaria con agujas negras sobre sus dorados iris. Le llamé Saturno cuando daba la hora en que yo desaparecía, 10:10 en un ojo y 14:50 en el otro, respectivamente, el derecho. A Lucía la llamé Luna, por esa imagen que clavó en mi memoria: su rostro inmóvil y blanco que menguó en lo tangible; con su boca y ojos como cráteres de asombro. Me quedé solo en un limbo extraño y gelatinoso, con mi muerte usurpando mi presente. En la frontera del tiempo. Mirándolo todo, como detrás de cristales de gelatina aérea que me hacía dar vueltas; mirando… cómo simplemente, sucedían mis vidas.


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1 comentario en “Limbo”

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